En este taller todo girará entorno al TALENTO. 

¿Qué os llevaréis del taller?

  1. ¡Aprendizajes súper potentes para poder empezara a aplicarlos desde ya!
  2. Un autoconocimiento más bonito, real y sano.
  3. herramientas que os favorecerán en vuestras relaciones personales y vuestras exposiciones en grupo o equipo de trabajo.
  4. Pasaréis una tarde verdaderamente divertida y enriquecedora.
Dinámicas divertidas y muy potentes

Cómo hablan las manos

¿A quién va dirigido?

  • Este taller está pensado para todas aquellas personas que tengan inquietud en conocerse más y descubrir su talento.
  • Para todos aquellos que queráis empoderaos frente a los retos que la vida os presenta y salir victoriosos y más sabios.
  • También está pensado para aquellas personas con ganas de aportar y compartir su talento que cada uno de nosotros poseemos desde que nacemos. Y si en tu caso no sabes cuál es, saldrás del taller sabiendo algo más de ti.
  • Este taller es muy útil para los profesionales que, como yo, trabajamos con personas, ya sea en equipos de empresa, con alumnos, con jóvenes, o que convivan con otras personas y quieran tener una relación más sana y saludable con ellas.                                                                                                     

Os explicaré, desde mi experiencia, conceptos que sumaran en vuestras vidas y mediante dinámicas estrujaremos nuestras mentes.                                                                                                                       

Crearemos entre todos espacios de debate, siempre con el TALENTO como hilo conductor.

¡Todos aportaremos nuestra visión!


 

 

 

¿Cómo se hace para mantener el nivel tantos años después? Le preguntaron a Rafa Nadal en una entrevista. Manteniendo la pasión y la ilusión por lo que uno hace. (…) La naturaleza me ha dado ese don para poder hacer lo que hago. Luego ya es el trabajo que le dediques lo que te hará mantenerte ahí arriba explicaba.

¿Habéis visto el anuncio de un padre que al ver a su hija tocar la tecla de un piano le dice: ¡No lo toques, se puede romper! ? a lo que la pequeña responde: ¿Que no lo toque? ¿Te imaginas que a Mozart le hubieran dicho: ‘Amadeus, no lo toques que se va a romper’?

¿Habéis oido la frase que dijo Pablo Picasso La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando?

O lo que dijo sobre el secreto de su éxito Joan Roca, cocinero galardonado con varias Estrellas Michellín junto a sus dos hermanos por las maravillas culinarias con las que nos deleitan: Aprender es el oficio más bonito del mundo. Pero hay que dedicar tiempo al aprendizaje.

El éxito está sobrevalorado. Cuando pensamos en éxito, pensamos en lo que ganas cuando tienes éxito: medallas, dinero, aplausos. Cuando pensamos en éxito visualizamos a personas famosas. No ponemos el foco en el camino recorrido para llegar al éxito. Por eso, en muchos casos no lo vemos alcanzable para nosotros. Sin embargo es falso. Tu tienes éxitos acumulados. Aquellos que no todo el mundo conoce, pero son aquellos que te han hecho sentir orgulloso de tu trabajo, de tu implicación y esmero. La mayoría de las veces son éxitos familiares, éxitos en el trabajo o en logros personales. Y eso me resulta increíblemente interesante y los minimizamos sin miramientos, no les damos la importancia que merecen.

¿Recuerdas la fórmula que usaste para conseguir lo que te propusiste?. Seguramente llegaste a conseguirlo gracias a tres cosas, y no necesariamente con la misma intensidad

  1. Perseverancia.
  2. Talento.
  3. Placer.

La perseverancia necesita de trabajo, de implicación constante. Además lleva intrínseca la creencia de que sirves para lo que haces, que solo es cuestión de tiempo que estés en el sitio perfecto en el momento adecuado. Esa será tu gasolina para no dejar de rodar. Para seguir trabajando, con sus días de más y sus días de menos. Lo importante es no dejar de trabajar.

El talento es aquello que te facilita el camino, pues te resulta más sencillo ponerlo en práctica a ti que a los demás. Aquello que haces se te da bien. Puedes tener talento en el dibujo, sin embrago sin trabajo, sin práctica, sin aprendizaje, no mejora.

Y el placer. ¡Qué bueno es pasártelo bien mientras haces lo que se te da bien! Sin olvidar el compromiso que tienes con el proyecto que llevas a cabo, con la seriedad que merece. La dimensión de las alegrías y logros serán mayores.

Puede que no nos enseñen a enfocar nuestras vidas hacia esta ventana. Puede que nos expliquen que ganar dinero es lo más importante. ¡Por supuesto, es necesario! Puede que nos animen a seguir el legado de la profesión de nuestros padres. Puede que pienses que hay profesiones de primera y de segunda y que eso determine tu elección. O puede que crean que pasarlo bien en el trabajo es un mito.

Sea como fuere, mi personal visión sobre el éxito de las personas reside en estos tres ingredientes, que el uno sin el otro hace que se vuelva más vulgares nuestras hazañas y que porqué no pasarlo bien, ganando dinero y aprendiendo cada día de nuestro talento. Porqué no olvides que todos valemos para algo, que todos somos buenos en algo. Si tienes la suerte de saber en qué eres bueno, ya tienes un gran paso hecho.

¿Te atreves a descubrir tu talento?

 

La especie humana es la que necesita más tiempo de ayuda y apoyo del adulto al nacer. Mientras que una cría de leona o de jirafa en unos minutos consigue mantener el equilibrio y empezar a dar sus primeros pasos, los humanos dedicamos mínimo un año en aprender a mantener nuestro patoso cuerpo en pie y lanzarnos a caminar solos. Mientras tanto nos arrastramos o gateamos para poder alcanzar aquello que nos atrae.

Del mismo modo no conseguimos alimentarnos de forma autónoma hasta pasados unos años. En cambio, las crías de cualquier mamífero aprenderán a cazar pasado un corto periodo de tiempo.

Nacemos claramente en desventaja respecto al resto de mamíferos. Pero estamos dotados de algo muy valioso: el cerebro. En él vamos a ir acumulando habilidades que aprenderemos en muchos casos con la técnica de prueba y error. E iremos conociendo el mundo y conociéndonos. Coleccionaremos cantidad de experiencias a las que iremos colgando una etiqueta con la emoción que nos despertó dicha vivencia. Y no tan solo la emoción que sentimos sino también la que generó en otros y nos hicieron saber.

En este punto es donde debemos tener cuidado. ¿Os habéis fijado en lo primero que hace un niño cuando se cae? Levanta la cabeza, nos mira. Y durante una milésima de segundo no sabemos si va a llorar, si va a quejarse o, simplemente, se levantará y continuará jugando. Y lo que realmente está haciendo el niño es calibrar la gravedad de la caída en función de nuestra reacción. Si ponemos cara de susto, corremos a ver si se han hecho daño, automáticamente llorará. Sin embargo, si le miramos atentos por si se ha hecho daño pero transmitiendo seguridad, tenderá a quejarse, pero en ningún caso lo llevará más allá del susto o del pequeño rasguño que se haya podido hacer.

Del desconocimiento pasan a crear un pequeño archivo de vivencias divididas en agradables y desagradables, en ‘me gustó’ o ‘me asustó’. Las etiquetas que irán poniendo a sus experiencias serán difíciles de cambiar si así lo vivieron y así lo reforzamos nosotros. Si en su primer día de bicicleta sin ruedines se cae y se hace daño, fácilmente archivará que ir en bici es peligroso. Y, aunque en ocasiones les protegerán, como es el caso de ‘si toco el fuego me quemo’, en otras predispone al niño a sentir previamente algo que pasó pero que no es real porqué no es algo que pasa de forma sistemática. No siempre que voy en bici me hago daño. No siempre que se acerca un perro, me morderá.

Nosotros debemos favorecer el cambio de creencias, para que no estigmaticen situaciones y les lleve a hacer reglas genéricas que les limiten. Debemos ser magos con ellos y transformar las experiencias no tan agradables en situaciones de aprendizaje y crecimiento, en oportunidades de ganar la partida a uno mismo. Porque podemos jugar con la sugestión y ofrecerles la parte bonita de cada momento. Toda sensación puede ser modificada en el cerebro, pues toda experiencia es eso, una experiencia. Nosotros le ponemos el juicio.

Tened en cuenta que sentir una emoción es necesario, es sano y humano. Lo que no es tan recomendable es quedarse anclado en ella y no poder reaccionar. Que sea ella la que nos domine no es lo ideal. ¿Cuánto tiempo necesitamos llorar una caída? ¿Cuántos días necesitamos ser acariciados para curar el alma? Por supuesto, cada persona, cada niño, tiene una sensibilidad y un tiempo para rehacerse. Una vez que hayamos permitido sentirlo, debemos saber transformarlo.

¿Cómo?

  1. Cambiando el foco de atención. Al poner la atención en otra cosa, cambiamos nuestra emoción automáticamente.
  2. Visualizando nuevos escenarios. Yo lo trabajo con mis alumnos en los cambios de actividades, cuando pasamos de un estado activo físico a un estado de calma y concentración. Les hago respirar, cerrar los ojos y visualizar (o imaginar) paisajes que les llevan a la calma. Y funciona.
  3. El uso del lenguaje positivo como arma de desconexión emocional negativa. Cuando una persona solo sabe quejarse y definir la parte negativa de una situación, me encanta soltar la frase: ‘Ya, claro, pero que suerte que tienes que no te haya pasado tal cosa, ¿verdad?’
  4. Pasar del pensamiento bucle al momento presente. Atender lo que pasa aquí y ahora, despeja la niebla que te envuelve.

Todo ello requiere educación, aprendizaje y esfuerzo. Nuestro cerebro aprende rápido, pero sin esfuerzo no se consigue.

Esta es la magia, este es el poder que tenemos y no sabemos cómo usar.

¡Imaginad lo que podemos llegar a equipar y empoderar a un niño si les enseñamos este superpoder! Primero aprendedlo como adultos para luego enseñarlo y dar ejemplo de su uso. ¡Sacaréis tantos beneficios!

Me resultó escalofriante la notícia que publicó The Mirror sobre una niña de nueve años que tuvieron que ingresar en un centro de rehabilitación por su adicción a un juego muy conocido, lanzado a mediados de 2018. La pequeña llegó a orinarse encima por no poder abandonar la pantalla del ordenador. Jugaba hasta diez horas al día. Esperaba a que sus padres se durmieran para levantarse y jugar sin interrupciones.

Cuando hablo de este tema con madres y padres, parece que a todos preocupa, pero ¿cómo actuamos nosotros? Me pregunto muy a menudo si no somos un poco verdugos. Los mismos que les prohibimos el uso de estos aparatos, se los hemos facilitado mucho antes sin haber puesto ninguna pega. ¿No os parece grave? ¡A mi mucho! Es necesario que hagamos algo desde ya.

Las tecnologías han irrumpido de un modo rápido en nuestras vidas. Los de la generación X, los nacidos entre 1960 y 1988, no usamos del mismo modo las tecnologías que los Millenials, nacidos entre los años 1988 y 2000. Por eso, la incorporación y educación en el uso de los mismos debe ser tenida muy en cuenta.

No me parece congruente que niños de un año, tumbados en sus hamacas, pasen el rato con una tablet viendo imágenes sonoras para estimularlos. ¿Para estimular el qué? El entorno natural ya te ofrece la estimulación necesaria para un sano desarrollo de los sentidos y una mejora de las conexiones neuronales básicas. ¿Para distraerlos? De nuevo, el entorno es rico para posibilitar múltiples actividades. ¿Para que coman? ¿y cuando no existían estos aparatos no comíamos?. No me sirve ninguna de las excusas que me podáis aportar. Para mi es una cuestión de educación. Ni más, ni menos. Y eso implica esfuerzo por nuestra parte, coherencia en nuestros actos y aplicar lo que decimos para que aprendan por imitación, que es como aprenden los niños. Sin embargo, es más sencillo hacerles comer teniéndolos alerdados frente a una pantalla, que estén calladitos mientras tomamos café con amigos o pensar que les aportamos calidad en la educación manteniéndolos frente a un video de quince minutos de Youtube. Estamos favoreciendo futuros adictos.

¿Os habéis fijado que cuando están frente a una tele, tablet o cualquier aparato del estilo dejan de interactuar, se ‘emboban’ frente a él y no permiten interrupciones? ¿Habéis probado de retirarles el aparato de repente? Su reacción suele ser arisca, de enfado, desbordada. No controlan el uso que hacen de ellos. Y tampoco les estamos enseñando.

Yo soy muy fan del acceso rápido e ilimitado de información que nos ofrece internet. Hago uso, además, de muchas aplicaciones que me facilitan la vida o me la enriquecen. Me parece que vivimos en un momento brutal en este sentido. Somos muy afortunados. Pero debemos educar en el uso responsable y sano. Me parece una aberración dejar en manos de una personita sin un criterio formado sobre muchas cosas este amplísimo mundo. Debemos comprometernos a enseñar y educar en el uso de los aparatos y de la información que podemos encontrar. Si educamos en la responsabilidad, no necesitaremos prohibir.

Os hago una última reflexión. ¿Pensáis que los niños nacen con la necesidad de usar las nuevas tecnologías a edades tan tempranas o somos nosotros quienes les hemos generado esa necesidad? Yo lo tengo muy claro, nosotros somos los principales motivadores. Pongamos remedio a un problema que está generando niños adictos.

La naturaleza del ser humano es básicamente social y necesariamente relacional. Necesitamos el contacto con otros humanos para mantener una salud mental equilibrada. Sabemos, por estudios que se han llevado a cabo, que una persona que carece de contacto social durante un tiempo prolongado desarrolla problemas mentales severos. Son conocidos los casos de niños que no han tenido contacto físico ni afectivo de sus padres y dichos niños han desarrollado el llamado Síndrome de la Carencia Afectiva. Estar con humanos y relacionarnos los unos con los otros es una necesidad en toda regla, como respirar y alimentarse.

Leí hace poco la historia de Sarah Shourd de treinta y dos años. Ella y sus dos amigas se encontraban de excursión por las montañas iraquíes de Kurdistán. Fueron arrestadas por las tropas iraníes al cruzar la frontera. Las acusaron de espionaje y las encarcelaron en tres celdas aisladas la una de la otra durante casi 420 días en la prisión Evin de Teherán. Tuvieron un contacto escaso con humanos. Con el paso del tiempo Sarah empezó a tener alucinaciones, a oír voces, gritos y a ver luces. Pasaron mucho tiempo, y en contra de su voluntad, en soledad. Es, además, la responsable de la pérdida de algunas funciones vitales de nuestro cuerpo, como son el sueño y la atención, así como la alteración del raciocinio y de la habilidad verbal.

La otra cara de la soledad, sin embargo, es agradable, placentera y hasta adictiva. Hay personas que me cuentan que se reservan semanalmente un espacio para disfrutarla. Yo misma lo hago. Paso ratos ensoñando, leyendo, arreglando las plantas del jardín, escribiendo u organizando mis discos de vinilo. Y cuando lo hago me siento enfocada y en paz. ¡Me gusta!. Pasar tiempo en soledad se ha vuelto una necesidad para mí. Pero he tenido que aprender a estarlo y a vivirlo en calma. Me inquietaba pasar tiempo conmigo misma.

Asimismo, la mayoría de las personas relacionamos este estado con tristeza, melancolía. La soledad la vemos como la falta de vida social, de planes. Pero la soledad, a mi parecer, puede ser muy beneficiosa.

Escribe Sherry Turkle en su libro En defensa de la conversación que ‘la soledad no significa necesariamente una falta de actividad. Sabes que estás experimentando soledad cuando haces cosas que te llevan de vuelta a ti mismo. (…) Es el momento en que te familiarizas y aprendes a sentirte cómodo contigo mismo. Y desarrollar la capacidad para la soledad es una de las tareas más importantes de la infancia, de cualquier infancia.’

Y a este punto exacto quería llegar. Estar en soledad se educa. Los niños de hoy en día no saben estar solos jugando, en su habitación, con sus cosas, creando su espacio mágico de juego. Necesitan enseñarnos qué hacen, qué tienen, con qué juegan, qué cosas consiguen. Los incorporamos constantemente en nuestros planes, en nuestros espacios de adultos. Creemos que cuanto menos solos estén, más equilibrados van a crecer. Y es cierto, en parte. Los pequeños deben aprender a estar a gusto con ellos, pero esto se enseña desde el ejemplo y desde la creación de ratos dedicados a eso. No es cuestión de mandarles a jugar solos a su habitación. Es cuestión de presentarlo como algo agradable. Sherry afirma que ‘los niños desarrollan la capacidad para la soledad en presencia de otra persona que les presta atención.’ Y añade ‘el cariño habilita la soledad.’

Sin más dejo esta reflexión para que vosotros la valoréis. Creo firmemente que les aportamos herramientas muy positivas para que crezcan más seguros de ellos mismos, más poderosos, entre otras muchas cosas.

Hoy hablaba con una persona sobre su hija y cómo le cuesta comunicarse con ella. Me decía que cada vez más. Yo no soy ninguna experta en este tema pero sí que tengo alguna idea de cómo puede mejorarla y conseguir una comunicación más fluida, cercana y sana con ella.

Pero antes me gustaría dar espacio a varias reflexiones que me planteo desde hace algun tiempo. Los adultos tenemos una concepción distorsionada de los niños. A mi parecer, cometemos algunos errores a la hora de hablar con ellos. Partimos de la base de que ellos nos pueden aportar poco a nuestra existencia, que tienen poco criterio para opinar sobre temas determinados y no valoramos su sentido crítico. Siempre digo que llevan poco en este mundo, bastante menos que nosotros, pero os aseguro que criterio y opinión sobre las cosas tienen. La cuestión es si les escuchamos desde una perspectiva adulta o de niño. Y hablo tanto de niño como de adolescente. No debemos pensar que nosotros, como personas ya formadas y ricas en experiencias, tenemos las verdades más absolutas y que nuestro deber es transmitírselas. Y que además ellos deberán creer y seguir a pies juntillas. Uno de los fallos, para mi, es creerlo. Creer que si las siguen les salvaremos de cometer errores que nosotros cometimos.

Y ellos este ego nuestro lo huelen y no les gusta. No les interesa seguir los pasos que nosotros les marcamos ordenadamente. A ellos les gusta sentir a alguien que les acompañe y les guíe, pero que les deje explorar, investigar, resbalar y caer. Y cuando necesiten una mano, un abrazo o un consejo sepamos dárselo, para que ellos puedan seguir caminando con cierta seguridad.

Hay que empezar a cuestionarse cómo nos comunicamos con ellos. Algunas cosas que podríamos tener en cuenta son:

  1. ¿Cómo les escuchamos? ¿estamos esperando a que acaben de contarnos para soltarles el consejo que no nos han pedido? o les escuchamos para que se puedan expresar y poder comentar con ellos la situación.
  2. ¿Les contamos también nuestro día o nos limitamos a preguntar por el suyo? A veces les hacemos las cinco preguntas de rigor para confirmar que el día ha ido bien, pero no nos damos cuenta que nosotros a ellos no les contamos nada y pretendemos establecer una confianza que es forzada y fría. Acostumbrémonos a contarles qué tal nos ha ido en el trabajo, qué hemos comido, con qué amiga hemos quedado, etc. Ellos, automáticamente, contarán.
  3. ¿Respetamos su criterio sobre las cosas o les vetamos de forma sistemática cuando algo no nos gusta? Ellos ven el mundo desde otro prisma, por su juventud y falta de experiencias. No hay que bloquear esa parte de criterio, hay que estimularlo. Esto, además, genera confianza. De esta manera otro día que tenga alguna duda o problema se sentirá seguro y decidido a hablar con nosotros.
  4. Nosotros no lo sabemos todo. Mostrarnos humildes ante ellos y reconocer que de algo no sabemos les hace creer en nosotros y respetarnos por ello. Y si además ellos pueden enseñarnos a nosotros, no sabéis lo que ganamos.
  5. Hablémosles con respeto, demostrando que les valoramos. La condescendencia no ayuda. El reproche tampoco.
  6. Pasar ratos haciendo alguna actividad únicamente por el placer de hacerla juntos. Eso también ayuda a crear lazos de confianza y complicidad. Y en esos ratos pueden salir conversaciones muy ricas.

Seguramente hay más maneras de fomentar una comunicación sana con ellos, a mi se me han ocurrido estas seis. Y, por encima de todo, enseñarles a comunicar siempre debería partir del modelo que nosotros les aportamos.

He empezado este año con el compromiso y la ilusión de andar en mi proyecto. Es un propósito y un santo placer entrar en él y aprender cada día de todo lo que leo, de la gente que me hace crecer en él. Me lo planteo como una oportunidad para dedicarme, disfrutarlo, mejorar y, sobretodo, ayudar a los demás.

¿Y cómo os puedo ayudar yo?

Me siento preparada para compartir lo que sé sobre educación, sobre crecimiento personal. Sé cómo sacar brillo a aquellos rincones llenos de polvo que todos tenemos. Bien sabéis que con los años nos vamos acomodando y conformando con la vida que llevamos, sacrificando pequeños placeres, pequeños deseos que antes veíamos posibles y ahora vemos lejanos. ¡Vamos, no hay para tanto! Los tenéis ahí, bien cerquita. Es cuestión de dar un par de pasos. Me siento con ganas de estirar de vosotros siempre y cuando vosotros estéis decididos a andar.

Yo no tengo ninguna prisa. Para mi esto es un espacio de crecimiento o lo que podría llamar slow growth. He aprendido a bajar pulsaciones y a caminar segura pero sin grandes prisas. A pararme a disfrutar de los pequeños logros y de los descubrimientos. He aprendido un poco a la fuerza. Ser mamá te enseña cosas. Una ha sido esta, crecer lento, disfrutando del camino. Y, sobretodo, no pasar cuentas a nadie de ello. Saber que trabajo comprometida con lo que hago, exigiéndome lo que pueda dar en cada momento. Porqué ahora el tiempo que tengo ya no es solo mío. Y aprender a relacionarme de otra forma con el tiempo.  Y, os aseguro, que me aporta una calma interior que hacía tiempo que deseaba sentir.

Entonces, ¿te atreves a caminar? Date una vuelta por mi web, seguro que algo te encaja con lo que necesitas y cuando lo encuentres, ¡hablamos!