Hoy hablaba con una persona sobre su hija y cómo le cuesta comunicarse con ella. Me decía que cada vez más. Yo no soy ninguna experta en este tema pero sí que tengo alguna idea de cómo puede mejorarla y conseguir una comunicación más fluida, cercana y sana con ella.

Pero antes me gustaría dar espacio a varias reflexiones que me planteo desde hace algun tiempo. Los adultos tenemos una concepción distorsionada de los niños. A mi parecer, cometemos algunos errores a la hora de hablar con ellos. Partimos de la base de que ellos nos pueden aportar poco a nuestra existencia, que tienen poco criterio para opinar sobre temas determinados y no valoramos su sentido crítico. Siempre digo que llevan poco en este mundo, bastante menos que nosotros, pero os aseguro que criterio y opinión sobre las cosas tienen. La cuestión es si les escuchamos desde una perspectiva adulta o de niño. Y hablo tanto de niño como de adolescente. No debemos pensar que nosotros, como personas ya formadas y ricas en experiencias, tenemos las verdades más absolutas y que nuestro deber es transmitírselas. Y que además ellos deberán creer y seguir a pies juntillas. Uno de los fallos, para mi, es creerlo. Creer que si las siguen les salvaremos de cometer errores que nosotros cometimos.

Y ellos este ego nuestro lo huelen y no les gusta. No les interesa seguir los pasos que nosotros les marcamos ordenadamente. A ellos les gusta sentir a alguien que les acompañe y les guíe, pero que les deje explorar, investigar, resbalar y caer. Y cuando necesiten una mano, un abrazo o un consejo sepamos dárselo, para que ellos puedan seguir caminando con cierta seguridad.

Hay que empezar a cuestionarse cómo nos comunicamos con ellos. Algunas cosas que podríamos tener en cuenta son:

  1. ¿Cómo les escuchamos? ¿estamos esperando a que acaben de contarnos para soltarles el consejo que no nos han pedido? o les escuchamos para que se puedan expresar y poder comentar con ellos la situación.
  2. ¿Les contamos también nuestro día o nos limitamos a preguntar por el suyo? A veces les hacemos las cinco preguntas de rigor para confirmar que el día ha ido bien, pero no nos damos cuenta que nosotros a ellos no les contamos nada y pretendemos establecer una confianza que es forzada y fría. Acostumbrémonos a contarles qué tal nos ha ido en el trabajo, qué hemos comido, con qué amiga hemos quedado, etc. Ellos, automáticamente, contarán.
  3. ¿Respetamos su criterio sobre las cosas o les vetamos de forma sistemática cuando algo no nos gusta? Ellos ven el mundo desde otro prisma, por su juventud y falta de experiencias. No hay que bloquear esa parte de criterio, hay que estimularlo. Esto, además, genera confianza. De esta manera otro día que tenga alguna duda o problema se sentirá seguro y decidido a hablar con nosotros.
  4. Nosotros no lo sabemos todo. Mostrarnos humildes ante ellos y reconocer que de algo no sabemos les hace creer en nosotros y respetarnos por ello. Y si además ellos pueden enseñarnos a nosotros, no sabéis lo que ganamos.
  5. Hablémosles con respeto, demostrando que les valoramos. La condescendencia no ayuda. El reproche tampoco.
  6. Pasar ratos haciendo alguna actividad únicamente por el placer de hacerla juntos. Eso también ayuda a crear lazos de confianza y complicidad. Y en esos ratos pueden salir conversaciones muy ricas.

Seguramente hay más maneras de fomentar una comunicación sana con ellos, a mi se me han ocurrido estas seis. Y, por encima de todo, enseñarles a comunicar siempre debería partir del modelo que nosotros les aportamos.

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