La naturaleza del ser humano es básicamente social y necesariamente relacional. Necesitamos el contacto con otros humanos para mantener una salud mental equilibrada. Sabemos, por estudios que se han llevado a cabo, que una persona que carece de contacto social durante un tiempo prolongado desarrolla problemas mentales severos. Son conocidos los casos de niños que no han tenido contacto físico ni afectivo de sus padres y dichos niños han desarrollado el llamado Síndrome de la Carencia Afectiva. Estar con humanos y relacionarnos los unos con los otros es una necesidad en toda regla, como respirar y alimentarse.

Leí hace poco la historia de Sarah Shourd de treinta y dos años. Ella y sus dos amigas se encontraban de excursión por las montañas iraquíes de Kurdistán. Fueron arrestadas por las tropas iraníes al cruzar la frontera. Las acusaron de espionaje y las encarcelaron en tres celdas aisladas la una de la otra durante casi 420 días en la prisión Evin de Teherán. Tuvieron un contacto escaso con humanos. Con el paso del tiempo Sarah empezó a tener alucinaciones, a oír voces, gritos y a ver luces. Pasaron mucho tiempo, y en contra de su voluntad, en soledad. Es, además, la responsable de la pérdida de algunas funciones vitales de nuestro cuerpo, como son el sueño y la atención, así como la alteración del raciocinio y de la habilidad verbal.

La otra cara de la soledad, sin embargo, es agradable, placentera y hasta adictiva. Hay personas que me cuentan que se reservan semanalmente un espacio para disfrutarla. Yo misma lo hago. Paso ratos ensoñando, leyendo, arreglando las plantas del jardín, escribiendo u organizando mis discos de vinilo. Y cuando lo hago me siento enfocada y en paz. ¡Me gusta!. Pasar tiempo en soledad se ha vuelto una necesidad para mí. Pero he tenido que aprender a estarlo y a vivirlo en calma. Me inquietaba pasar tiempo conmigo misma.

Asimismo, la mayoría de las personas relacionamos este estado con tristeza, melancolía. La soledad la vemos como la falta de vida social, de planes. Pero la soledad, a mi parecer, puede ser muy beneficiosa.

Escribe Sherry Turkle en su libro En defensa de la conversación que ‘la soledad no significa necesariamente una falta de actividad. Sabes que estás experimentando soledad cuando haces cosas que te llevan de vuelta a ti mismo. (…) Es el momento en que te familiarizas y aprendes a sentirte cómodo contigo mismo. Y desarrollar la capacidad para la soledad es una de las tareas más importantes de la infancia, de cualquier infancia.’

Y a este punto exacto quería llegar. Estar en soledad se educa. Los niños de hoy en día no saben estar solos jugando, en su habitación, con sus cosas, creando su espacio mágico de juego. Necesitan enseñarnos qué hacen, qué tienen, con qué juegan, qué cosas consiguen. Los incorporamos constantemente en nuestros planes, en nuestros espacios de adultos. Creemos que cuanto menos solos estén, más equilibrados van a crecer. Y es cierto, en parte. Los pequeños deben aprender a estar a gusto con ellos, pero esto se enseña desde el ejemplo y desde la creación de ratos dedicados a eso. No es cuestión de mandarles a jugar solos a su habitación. Es cuestión de presentarlo como algo agradable. Sherry afirma que ‘los niños desarrollan la capacidad para la soledad en presencia de otra persona que les presta atención.’ Y añade ‘el cariño habilita la soledad.’

Sin más dejo esta reflexión para que vosotros la valoréis. Creo firmemente que les aportamos herramientas muy positivas para que crezcan más seguros de ellos mismos, más poderosos, entre otras muchas cosas.

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