La especie humana es la que necesita más tiempo de ayuda y apoyo del adulto al nacer. Mientras que una cría de leona o de jirafa en unos minutos consigue mantener el equilibrio y empezar a dar sus primeros pasos, los humanos dedicamos mínimo un año en aprender a mantener nuestro patoso cuerpo en pie y lanzarnos a caminar solos. Mientras tanto nos arrastramos o gateamos para poder alcanzar aquello que nos atrae.

Del mismo modo no conseguimos alimentarnos de forma autónoma hasta pasados unos años. En cambio, las crías de cualquier mamífero aprenderán a cazar pasado un corto periodo de tiempo.

Nacemos claramente en desventaja respecto al resto de mamíferos. Pero estamos dotados de algo muy valioso: el cerebro. En él vamos a ir acumulando habilidades que aprenderemos en muchos casos con la técnica de prueba y error. E iremos conociendo el mundo y conociéndonos. Coleccionaremos cantidad de experiencias a las que iremos colgando una etiqueta con la emoción que nos despertó dicha vivencia. Y no tan solo la emoción que sentimos sino también la que generó en otros y nos hicieron saber.

En este punto es donde debemos tener cuidado. ¿Os habéis fijado en lo primero que hace un niño cuando se cae? Levanta la cabeza, nos mira. Y durante una milésima de segundo no sabemos si va a llorar, si va a quejarse o, simplemente, se levantará y continuará jugando. Y lo que realmente está haciendo el niño es calibrar la gravedad de la caída en función de nuestra reacción. Si ponemos cara de susto, corremos a ver si se han hecho daño, automáticamente llorará. Sin embargo, si le miramos atentos por si se ha hecho daño pero transmitiendo seguridad, tenderá a quejarse, pero en ningún caso lo llevará más allá del susto o del pequeño rasguño que se haya podido hacer.

Del desconocimiento pasan a crear un pequeño archivo de vivencias divididas en agradables y desagradables, en ‘me gustó’ o ‘me asustó’. Las etiquetas que irán poniendo a sus experiencias serán difíciles de cambiar si así lo vivieron y así lo reforzamos nosotros. Si en su primer día de bicicleta sin ruedines se cae y se hace daño, fácilmente archivará que ir en bici es peligroso. Y, aunque en ocasiones les protegerán, como es el caso de ‘si toco el fuego me quemo’, en otras predispone al niño a sentir previamente algo que pasó pero que no es real porqué no es algo que pasa de forma sistemática. No siempre que voy en bici me hago daño. No siempre que se acerca un perro, me morderá.

Nosotros debemos favorecer el cambio de creencias, para que no estigmaticen situaciones y les lleve a hacer reglas genéricas que les limiten. Debemos ser magos con ellos y transformar las experiencias no tan agradables en situaciones de aprendizaje y crecimiento, en oportunidades de ganar la partida a uno mismo. Porque podemos jugar con la sugestión y ofrecerles la parte bonita de cada momento. Toda sensación puede ser modificada en el cerebro, pues toda experiencia es eso, una experiencia. Nosotros le ponemos el juicio.

Tened en cuenta que sentir una emoción es necesario, es sano y humano. Lo que no es tan recomendable es quedarse anclado en ella y no poder reaccionar. Que sea ella la que nos domine no es lo ideal. ¿Cuánto tiempo necesitamos llorar una caída? ¿Cuántos días necesitamos ser acariciados para curar el alma? Por supuesto, cada persona, cada niño, tiene una sensibilidad y un tiempo para rehacerse. Una vez que hayamos permitido sentirlo, debemos saber transformarlo.

¿Cómo?

  1. Cambiando el foco de atención. Al poner la atención en otra cosa, cambiamos nuestra emoción automáticamente.
  2. Visualizando nuevos escenarios. Yo lo trabajo con mis alumnos en los cambios de actividades, cuando pasamos de un estado activo físico a un estado de calma y concentración. Les hago respirar, cerrar los ojos y visualizar (o imaginar) paisajes que les llevan a la calma. Y funciona.
  3. El uso del lenguaje positivo como arma de desconexión emocional negativa. Cuando una persona solo sabe quejarse y definir la parte negativa de una situación, me encanta soltar la frase: ‘Ya, claro, pero que suerte que tienes que no te haya pasado tal cosa, ¿verdad?’
  4. Pasar del pensamiento bucle al momento presente. Atender lo que pasa aquí y ahora, despeja la niebla que te envuelve.

Todo ello requiere educación, aprendizaje y esfuerzo. Nuestro cerebro aprende rápido, pero sin esfuerzo no se consigue.

Esta es la magia, este es el poder que tenemos y no sabemos cómo usar.

¡Imaginad lo que podemos llegar a equipar y empoderar a un niño si les enseñamos este superpoder! Primero aprendedlo como adultos para luego enseñarlo y dar ejemplo de su uso. ¡Sacaréis tantos beneficios!

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