La RAE define identidad como el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.

A partir de esta definición los matices son diversos. La identidad de una persona se va modelando y construyendo en la viva relación con los demás, además de la percepción y conclusiones de las vivencias y, finalmente, la carga genética que traemos al nacer.

El desarrollo de la identidad personal es la confluencia de estos tres factores que van combinándose en mayor o menor medida en función de la edad y de las circunstancias. Hay etapas en las que un factor toma más protagonismo que otro. Simplemente hay que observar la etapa de la adolescencia para darse cuenta de lo influyente que pueden llegar a ser los iguales frente a otros (padres, hermanos, profesores, etc).

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Considero realmente importante este periodo de construcción. De él resultará la personalidad, el brillo o carencia del mismo. Y especialmente en la edad adolescente. En estos años los jóvenes se hacen constantemente preguntas para reforzar precisamente eso, su identidad frente al grupo. ¿quién soy? ¿qué hago en la vida? ¿dónde quiero estar en unos años? ¿qué rol tengo dentro de mi grupo de referencia?. Hay que conseguir aceptar sus identidades adolescentes, dejarles experimentar en los diferentes roles, ayudarles a cuestionarse dudas que puedan surgir y escuchar sus argumentos y/u opiniones, sin imponer, pero con seriedad. Son síntomas de cambio, de construcción, de querer afianzar ideas y sobre ellas desarrollar nuevas que hagan de sus fluctuantes identidades una más sólida y estable cada día.

En otras etapas más adultas la falta o pérdida de identidad personal puede llevar a vivir temporadas de estrés e incomprensión, sensación de que no encajas en ningún grupo social, baja autoestima, dificultad para tomar decisiones y defender tus criterios, etc. Y por consiguiente afectará tanto en el ámbito laboral (reuniones, toma de responsabilidades, etc.) como en el personal (dejar de tener voz y voto en las decisiones de pareja, falta de proactividad, negativismo, miedos, etc.).

Erikson afirmaba que una persona con una identidad personal bien construida es  ‘un sentirse vivo y activo, ser uno mismo, la tensión activa y confiada y vigorizante de sostener lo que me es propio.’

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