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Hace un par de días me cruce con un viejo amigo que hacia muchísimo que no veía. Me quedé muy sorprendida de cómo la vida le ‘ha tratado’. Le encontré desmejorado, muy desaliñado. Desprendía una áurea de desencanto por todo, de pocas ganas para nada, de muchas horas echado en un sofá fumando y dejando pasar las horas. Me entristeció verle tan abandonado. Tuvimos una conversación banal, con sus tópicos y típicos temas de estas épocas navideñas. Nos despedimos . Nos alejamos. Nos perdimos de vista. Me queda la sensación gris, pesada, y hasta diría agria, de haberle visto. Aun ahora, un par de días después, cuando le recuerdo, me sobreviene negatividad y pesimismo demasiado viciado para salir de él después de una noche de reflexión. 10891603_10152971408450692_4142054066625492651_nY de este encuentro se generó una conversación. El gran debate giraba en torno a la idea de si, genéticamente, los humanos éramos capaces de mejorar, de aportar calidad a nuestros genes, con simples cambios diarios en nuestras rutinas. De si las generaciones futuras podrían estar dotadas mejor por habernos cuidado más en la actualidad, tanto física como psicológicamente:

  • mejorando la alimentación,
  • procurando una visión positiva de las cosas que nos pasan,
  • desarrollando actitudes que generen pro-actividad y exigencia personal,
  • sociabilizandonos,
  • haciendo deporte y, de este modo, reduciendo el sedentarismo,
  • dando peso a tu YO emocional y mimarlo,
  • etc.

En conclusión, llegar a una realización personal, la ambiciosa misión que no debemos obviar ni subestimar.

En mi opinión, creo que tenemos una responsabilidad para los que vendrán. Pero si eso no es un motivo suficiente para sensibilizarte sobre ello. Hazlo por ti y tu bienestar personal. Esto siempre funciona.

¡No te abandones! ¡Exígete retos diarios que te activen y te hagan sentir bien. No dejes de levantarte pronto y desayunar sano. Arréglate simplemente para ti. Habla de las cosas que te pasan. A los demás también les pasa. No te rindas. ¡Muévete! 1604731_10152847055765692_7971805415101487946_n

La RAE define identidad como el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.

A partir de esta definición los matices son diversos. La identidad de una persona se va modelando y construyendo en la viva relación con los demás, además de la percepción y conclusiones de las vivencias y, finalmente, la carga genética que traemos al nacer.

El desarrollo de la identidad personal es la confluencia de estos tres factores que van combinándose en mayor o menor medida en función de la edad y de las circunstancias. Hay etapas en las que un factor toma más protagonismo que otro. Simplemente hay que observar la etapa de la adolescencia para darse cuenta de lo influyente que pueden llegar a ser los iguales frente a otros (padres, hermanos, profesores, etc).

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Considero realmente importante este periodo de construcción. De él resultará la personalidad, el brillo o carencia del mismo. Y especialmente en la edad adolescente. En estos años los jóvenes se hacen constantemente preguntas para reforzar precisamente eso, su identidad frente al grupo. ¿quién soy? ¿qué hago en la vida? ¿dónde quiero estar en unos años? ¿qué rol tengo dentro de mi grupo de referencia?. Hay que conseguir aceptar sus identidades adolescentes, dejarles experimentar en los diferentes roles, ayudarles a cuestionarse dudas que puedan surgir y escuchar sus argumentos y/u opiniones, sin imponer, pero con seriedad. Son síntomas de cambio, de construcción, de querer afianzar ideas y sobre ellas desarrollar nuevas que hagan de sus fluctuantes identidades una más sólida y estable cada día.

En otras etapas más adultas la falta o pérdida de identidad personal puede llevar a vivir temporadas de estrés e incomprensión, sensación de que no encajas en ningún grupo social, baja autoestima, dificultad para tomar decisiones y defender tus criterios, etc. Y por consiguiente afectará tanto en el ámbito laboral (reuniones, toma de responsabilidades, etc.) como en el personal (dejar de tener voz y voto en las decisiones de pareja, falta de proactividad, negativismo, miedos, etc.).

Erikson afirmaba que una persona con una identidad personal bien construida es  ‘un sentirse vivo y activo, ser uno mismo, la tensión activa y confiada y vigorizante de sostener lo que me es propio.’