Cada uno de nosotros somos lo que somos por lo que hemos vivido, aprendido y nos han enseñado hasta el momento. Y actuamos en función de ello. Nuestras costumbres, aficiones, creencias nos determinan unas formas y nos sitúan en un punto desde donde la perspectiva de todo es una.

Cuando intercambias experiencias, cuando viajas a países o lugares donde la cultura, la forma de hacer, es diferente a la tuya empiezas a ver que TU manera no es LA manera.  Aquella que, posiblemente, siempre tildaste de única y/o mejor.

Y para maneras, personas.

Lo que digo es muy obvio, lo sé. Es tan obvio que olvidamos tenerlo en cuenta. Estas diferencias al valorar las cosas que en principio nos enriquecen, nos llevan en gran número de ocasiones a enfrentarnos para llegar a resaltar nuestra idea por encima de las demás. A mi parecer nos falta una gran dosis de respeto. (Según wikipedia El respeto en las relaciones interpersonales comienza en el individuo, en el reconocimiento del mismo como entidad única que necesita que se comprenda al otro. Consiste en saber valorar los intereses y necesidades de otro individuo en una reunión.)

Pero no es a este punto si no al siguiente al que quiero llegar. Las discrepancias van a existir siempre. Aprender a movernos y ponernos en el lugar del otro para entender su postura es una sana costumbre para llegar al entendimiento.
945030_575546249146524_2138674283_nAlardeamos a menudo de nuestra capacidad de aceptar opiniones, de tener una mente abierta y de no tener prejuicios, pero los tenemos. Hacemos juicios de valor constantemente con los más cercanos, somos capaces de dar nuestro veredicto sin tener en cuenta a la otra persona ni sus circunstancias.

Porqué las diferentes perspectivas no son excluyentes, sino bien al contrario. Suman. De una manera u otra nos aportan.

Existe un cuento conocido en la India que me ha parecido perfecto para esta ocasión además de haberme gustado mucho. Se conoce como ‘Los ciegos y el Elefante’

Había una vez tres sabios ciegos que vivían en un pequeño pueblo.

Sucedió que un circo llegó al pueblo y entre las cosas maravillosas que llegaron con el circo, venía un gran elefante blanco. Y era tan extraordinario este animal que toda la gente no hacía más que hablar de él.

Los tres sabios que eran ciegos quisieron también conocer al elefante. Se hicieron conducir hasta el lugar donde estaba y pidieron permiso para poder tocarlo. Como el animal era muy manso, no hubo ningún inconveniente para que lo hicieran.

El primero de los tres estiró sus manos y tocó a la bestia en la cabeza. Sintió bajo sus dedos las enormes orejas y luego los dos tremendos colmillos de marfil que sobresalían de la pequeña boca. Quedó tan admirado de lo que había conocido que inmediatamente fue a contarles a los otros dos lo que había aprendido. Les dijo:

– El elefante es como un tronco, cubierto a ambos lados por dos frazadas, y del cual salen dos grandes lanzas frías y duras.

Pero resulta que cuando le tocó el turno al segundo sabio, sus manos tocaron al animal en la panza. Trataron de rodear su cuerpo, pero éste era tan alto que no alcanzaba a abarcarlo con los dos brazos abiertos. Luego de mucho palpar, decidió también él contar lo que había aprendido. Les dijo:

– El elefante se parece a un tambor colocado sobre cuatro gruesas patas, y está forrado de cuero con pelo para afuera.

Entonces fue el tercer sabio, y agarró el animal justo por la cola. se colgó de ella y comenzó a hamacarse como hacen los chicos con una soga. Como esto le gustaba a la bestia, estuvo largo rato divirtiéndose en medio de la risa de todos. Cuando dejó el juego, comentaba lo que sabía. También él dijo:

– Yo sé muy bien lo que es un elefante. Es una cuerda fuerte y gruesa, que tiene un pincel en la punta. Sirve para hamacarse.

Resulta que cuando volvieron a casa y comenzaron a charlar entre ellos lo que habían descubierto sobre el elefante no se podían poner de acuerdo. Cada uno estaba plenamente seguro de lo que conocía. Y además tenía la certeza de que sólo había un elefante y de que los tres estaban hablando de lo mismo, pero lo que decían parecía imposible de concordar. Tanto charlaron y discutieron que casi se pelearon.

Pero al fin de cuentas, como eran los tres muy sabios, decidieron hacerse ayudar, y fueron a preguntar a otro sabio que había tenido la oportunidad de ver al elefante con sus propios ojos.

Y entonces descubrieron que cada uno de ellos tenía razón. Una parte de la razón. Pero que conocían del elefante solamente la parte que habían tocado. Y le creyeron al que lo había visto y les hablaba del elefante entero. 

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