Silencios con uno mismo o silencios con los demás.

Uno mismo desea y decide silenciarse y escucharse. O, por otro lado, hacer ruido y jaleo para apagar nuestro interior.  Los silencios alzan la voz de los pensamientos, de las emociones y los recuerdos. Sin embargo, los silencios educados y trabajados resultan, para uno mismo, espacios de placer, de escucha activa personal, de reflejo de nuestras acciones, de nuestro rostro. Los silencios nos activan el alma y nos dan calma. Los silencios nos aportan seguridad y valor a uno mismo. Y nos dan tanto los silencios bien buscados y disfrutados, que nos pueden llegar a incomodar sobremanera. No estamos educados para vivir con ellos. Y como no lo estamos buscamos la manera de silenciar nuestros silencios.

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Por otro lado, el juego de los silencios sociales reporta otros beneficios. Se juega con otras normas y tiene otros fines.

El silencio con otros incomoda. Cierto. Pero el silencio aporta, y mucho, en tus relaciones personales. Para empezar si quieres escuchar lo que los demás te cuentan, debes callar. No puedes escuchar si estás hablando.

La palabra es plata, el silencio es oro.

No sabéis la cantidad de información que nos perdemos por el mero echo de querer hablar en vez de escuchar. En el momento en que la otra persona siente que la escuchan sin la amenaza de la constante interrupción, expresa más y mejor.

Me encanta una frase que dijo Ernest Hemingway: ‘Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.’

¡Bien cierto!

¡Feliz día!

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