Qué calma y tranquilidad transmiten algunas personas. Qué placer pasar minutos con ellas, charlar, compartir. Qué sensación de simplicidad. Qué ganas de ahondar en todo lo hablado.

De repente te encuentras con ellas. De repente disfrutas de ellas. Y te das cuenta, como siempre suele ocurrir, cuando te vas. Qué tan a gusto has estado y qué rápido ha pasado. Qué ganas de volver a empezar porqué me sienta bien.

Y así de bien sientan espacios de calma y de silencio. De lecturas. De reescribir en tu libreta las cosas más tuyas, más internas. Tus sensaciones, tus objetivos, tus mejoras, tus deseos, tus pasos y cambios. Tus logros. Tu YO interior. Aquel que solo oyes y escuchas cuando permites que la calma te abrace. Cuando lo que te rodea no te interesa y solo quieres ir dentro, más allá de lo palpable.

Y eso solo pasa cuando te enfrentas a ti. Y sientes y sabes que vas a oír cosas que no te van a gustar. Pero eres lanzado y valiente. Quieres ser mejor, llegar a ser dueño de ti y de tus emociones. Que no sean ellas las que manipulen tus relaciones. Y quieres conocerte más. Por eso te regalas esos ratos de silencio y de escucha. Por eso los buscas cada vez más. Sabes que ganas en confianza. En fuerza interior. En criterio. Sabes que, aunque lo que escuches no es lo que te gustaría, es el paso para alcanzar la excelencia. Para ganar seguridad y claridad en tu camino. Para ser dueño de ti y que nunca lo sean otros. Para vivir en coherencia.

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Os comparto unas lineas de Rimpoché, uno de tantos maestros budistas a los que cada vez estoy más enganchada a leer:

“Hoy tenemos casas más grandes y familias más pequeñas. Más relojes, pero menos tiempo. Más conocimientos, pero menos sentido común. Más expertos, pero no menos problemas.

Gastamos demasiado, reímos poco. Nos echamos de menos pero nos enfadamos de más. Hablamos demasiado, y escuchamos muy poco. Compramos más, pero lo disfrutamos menos.

Hemos aprendido a prolongar la vida, pero no a vivirla realmente. Hemos conquistado el espacio exterior, pero no nuestro interior. Hemos desintegrado el átomo, pero no nuestros prejuicios. Hemos aprendido a correr, pero no a esperar.

Es tiempo de comidas rápidas y digestiones lentas. De ingresos más altos, pero moral más baja. De más entretenimiento pero menos diversión.

Porque de todo tenemos más y de casi nada hemos conseguido lo mejor”

 

 

 

1 comentario
  1. Cris
    Cris Dice:

    Grande María!!! Qué poco tiempo dedicamos a escucharnos … Y a valorar las cosas buenas que tenemos al alcance de nuestra mano… Sencillas e impagables!

    Responder

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