Los que estamos involucrados directamente en el mundo de la educación nos picotean constantemente dudas sobre nuestra manera de transmitir y hacer con aquellos a los que pretendemos ayudar a crecer. Y queremos que sean personas autónomas, libres, críticas, con voz y voto, con carisma, llenos de recursos, sanos emocionalmente, felices.  Todo, ¡lo queremos todo! No es necesario decir que es imposible conseguirlo, hay demasiados factores en juego. Además de nuestro trabajo diario como profesores, la genética tiene mucho que ver y la actitud del alumno mucho más.  Es por ello que el desgaste enérgico que tiene un profesor cuando apuesta por uno de los suyos y los demás factores no le acompañan (familia, creencias del estudiante, el encasillamiento que la sociedad cercana le da a esa persona, etc.) provocan la deserción y agotamiento del adulto ‘idealista’.

Y digo adulto ‘idealista’ porqué se dan por perdidos alumnos de corta edad. Los hemos ‘asesinado’ antes de que pase el Ratoncito Pérez a dejarles ilusión bajo la almohada. Nosotros, los adultos, ya no damos un duro por ellos. Y ellos no tienen ni recursos ni maneras de salir de esa vorágine de vida que les ha tocado vivir o malvivir.

Mi reflexión es en qué medida lo intentamos, en qué medida pensamos en ello y, por lo tanto, creemos en ellos. Y si ya lo hacemos, en qué línea. Me considero uno de esos adultos responsables de conseguir que mis alumnos tengan una vida mejor. Y no me refiero a sacarles de su ámbito familiar, de sus costumbres, romper con sus dinámicas de relación social, etc. Me refiero a conseguir  descubrirles recursos, herramientas con las que puedan hacer frente a los obstáculos que les vayan surgiendo. Trabajar a la persona de dentro a fuera. Que ellos puedan decidir si quieren seguir donde están o quieren salir de donde están, de donde les ha tocado vivir, porque no lo eliges, te toca. Pero tienes la capacidad de cambiarlo, si quieres. Sólo tienes que saber cómo.

@history_pics

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Creo que formar a personitas críticas, con capacidad de decisión. Personas que vayan adquiriendo seguridad y libertad para escoger. Niños con valores y respeto hacia lo diferente, con curiosidad hacia lo desconocido, con actitud de humildad hacia lo nuevo, con autoestima fuerte que les ayude a saber y decir en qué son buenos, con la predisposición a fallar para aprender sin que sea considerado un retroceso. Que se hagan respetar por los demás y que respeten sin excusas. Personas sanas, cooperadoras, inconformistas.

Probablemente se dedicaran a cosas bien diferentes en un futuro, pero lo importante es que hagan aquello que hayan escogido ellos mismos dentro de sus posibilidades, de su realidad.

Hay que enseñarles a vivir con grandes retos para conseguir grandes cosas. Y para ello hay que empezar por ser personas.

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